Sólo la fachada.
De cualquier forma Joaquín sólo esperaba a
que los días pasaran entre sus manos y sus brazos. Esto porque para Joaquín los
días no seguían la popular lógica mañana – tarde – noche. No, a Joaquín lo
atravesaban los días, atravesaban sus manos, sus brazos, pues cada día
significaba montones de arena, piedra y cemento que él acarreaba.
Eso era lo que seguía en la vida de
Joaquín. Eso y el habitual paseo matutino en bicicleta. Procuraba estar listo
siempre antes de las 6:30 de la mañana, pues así podía apreciar los eclécticos
(él les decía “chidos”) colores de la premañana - postmadrugada. Además, hace
una semana habían atropellado a su compadre en la hora pico, las 8 de la mañana,
de la Carretera Torreón – San Pedro. Por eso prefería salir más temprano. A esa
hora nadie transitaba por ahí. Joaquín recordó el funeral y, el rostro de la
viuda, su comadre, apareció como un ladrido. Sintió náusea. Será mejor pensar
en otra cosa.
Recordó que el día de paga se acercaba y
respiró hondo. El olor a establo llenó sus pulmones, pero no le molestaba. Ese
peculiar olor le recordaba las tardes ya añejas, cuando era un pequeño. En un
instante, recordó a un niño sentado afuera de su casa, hundiendo sus dedos en
la arena y contando a los perros por la mañana. Era él. Sonrió.
Llegó a su trabajo. Comenzaba, de una vez
por todas, el día. Él, junto con 19 hombres construía una casa para una familia
de 5 personas. Pensó en eso y le pareció curioso y triste. No siempre le decían
para quién estaba construyendo, de hecho, esa vez nadie le dijo, sucedió que un
día cualquiera, llegaron los dueños a ver la construcción.
−Papá, ¿Aquí va a ser mi cuarto? –preguntó un joven sonriente, el mayor de tres hijos.
Ese día Joaquín estaba trabajando en ese
cuarto, que no era más que una sucia estructura.
–Sí. Aquí es tu cuarto. –dijo papá.
–¿Cuánto le falta, eh? –cuestionó hijo.
–No sé, pregúntale al señor. ¿Cuánto le
falta, mi amigo? –dijo papá a Joaquín.
–Uy, qué será, unos seis, siete meses, masomenos. Pero ‘tamos ‘chándole ganas.
–Como debe de ser. –sentenció papá.
Y se fueron a ver los demás cuartos,
abrazados, papá e hijo.
Joaquín pensó todo el día en esa escena y le dio gusto. Mientras,
tenía que terminar de colar la arena, era lo que más le gustaba hacer en la
obra, ver cómo la arena húmeda se deshacía y caía, finita, en la carretilla. Y
le gustaba más cuando sus compañeros ponían música, hacía el tiempo más ligero.
De un momento a otro, el hambre llegó justo a tiempo para la comida. Jalaron el
viejo comal, un par de ladrillos y prendieron el carbón. No hay duda que la
harina sabe mejor con las manos llenas de callos. Joaquín y sus 19 compañeros
se sentaron callados a comer. El más joven se atrevió a romper el silencio y
dijo:
–¿Vieron el juego del Santos?
No hubo más silencio por un buen rato. Comieron hasta saciarse.
El resto del día sucedió sin más. Joaquín lleva casi 10 años con el
oficio de albañil. El agotamiento es ya un viejo amigo. Ahora es momento de
volver a casa en su oxidada, pero leal bicicleta. Circulaba ya por el polvoso camino olvidado de los ciclistas,
cuando escuchó un claxon detrás de él.
Era papá. El dueño de la casa que estaba construyendo. ”¡Súbete! Te
doy un ride.” le gritó desde una camioneta. Joaquín lanzó la bicicleta a la
caja y decidió entrar en la cabina.
–Es peligroso andar en este camino en bici, hace una semana
atropellaron a alguien aquí. –dijo, mientras señalaba una mancha roja y seca
sobre el pavimento.
–Sí señor, era mi compadre. –dijo Joaquín.
“Hay cosas que es mejor mantener en
silencio”, pensó El Dueño.
–Lo siento mucho. –masculló, después de un
largo silencio.
–Ni modo, son los riesgo que uno corre,
uste’ no tiene idea. –Dijo Joaquín, para abrir otro silencio largo.
Habían llegado a su destino. Joaquín dijo
gracias y bajó junto con su bicicleta. Pasó a la panadería y compró cinco
bolillos. Hoy cenarían lonches. Llegó a su casa y una canción vieja inundaba la
calle. Se sintió con suerte. Abrió la puerta y encontró a su hijo en la cocina.
–Qua hambre.
legasteadie
idea. –Dijo Joaque el pavimento.ron a alguien. Se hab ase bueno que ya llegaste, papá. Ya tenía
hambre.
Le dio un beso a su hijo. A lo lejos seguía
escuchándose esa vieja canción. Era la favorita de su compadre.
–Sí hijo, qué bueno que ya llegué.
A Joaquín le solía arrullar el sonido del
tráfico nocturno, pero no esta noche.