miércoles, 27 de agosto de 2014

Oda a las ganas.

Oda a las ganas, de Ricardo Castillo. Tomado del libro de poesía, “El Pobrecito Señor X”
El poderoso recordatorio para el absurdo hombre-cosa que muchas ocasiones nos vemos en la pena de jugar a ser. Una carcajada infantil ante cualquier actitud de adulto y demás ítems. Sí, imagínate a ti riendo en la ducha. ¿Nunca has orinado ahí verdad? No señor, ése no es lugar para hacer sus cochinadas. Imagínate jugando escondidas  y tu escondite es detrás de un coche, ¿no era ése su único uso?
Estás ahí, tirado en tu cama, doblándote de risa, y una súbitas ganas de mear te invaden. Y vas. Ese ardor desaparece. Y todo sigue siendo hermoso. Puede seguir riendo.
Ricardo Castillo bien pudo haberse inspirado en esa imagen, un niño que a carcajadas se orina, para escribir este poema. Y qué importante es recordar que somos seres que orinan, que se ensucian la cara, que comen con las manos, que tienen mugre debajo de las uñas. Y recordar cuán diferente es la vida cuando imaginas a los demás en el baño.

No se lea si le horrorizan los baños, si detesta el fluir cálido de la orina y aún más el burbujeante sonido que esta hace al impactar el mármol, piedra, tierra o árbol.





Orinar es la mayor obra de ingeniería
por lo que a drenajes toca.
Además orinar es un placer,
qué decir cuando uno hace “chis, chis”,
en salud del amor y los amigos,
cuando uno se derrama largamente en la garganta del
            mundo
para recordarle que somos calientitos, para no desafinar.
Todo esto es importante
ahora que el mundo anda echando reparos,
            hipos de intoxicado.
Porque es necesario orinarse, por puro amor a la vida,
            en las vajillas de plata,
en los asientos de los coches deportivos,
en las piscinas con luz artificial
que valen, por cierto, 15 o 16 veces más que sus dueños.
Orinar hasta que nos duela la garganta,
hasta las últimas gotitas de sangre.
Orinarse en los que creen que la vida es un vals,
gritarles que viva la Cumbia, señores,
todos a menear la cola
hasta sacudirnos lo misterioso y lo pendejo.
y que viva también el Jarabe Zapateado
porque la realidad está al fondo a la derecha
donde no se puede llegar de frac.
(La tuberculosis nunca se ha quitado con golpes de
            pecho)
Yo orino desde el pesebre de la vida,
yo sólo quiero ser el meón más grande de la existencia,

ay mamá por dios, el meón más grande de la existencia.

sábado, 23 de agosto de 2014

Sólo la fachada.
De cualquier forma Joaquín sólo esperaba a que los días pasaran entre sus manos y sus brazos. Esto porque para Joaquín los días no seguían la popular lógica mañana – tarde – noche. No, a Joaquín lo atravesaban los días, atravesaban sus manos, sus brazos, pues cada día significaba montones de arena, piedra y cemento que él acarreaba.

Eso era lo que seguía en la vida de Joaquín. Eso y el habitual paseo matutino en bicicleta. Procuraba estar listo siempre antes de las 6:30 de la mañana, pues así podía apreciar los eclécticos (él les decía “chidos”) colores de la premañana - postmadrugada. Además, hace una semana habían atropellado a su compadre en la hora pico, las 8 de la mañana, de la Carretera Torreón – San Pedro. Por eso prefería salir más temprano. A esa hora nadie transitaba por ahí. Joaquín recordó el funeral y, el rostro de la viuda, su comadre, apareció como un ladrido. Sintió náusea. Será mejor pensar en otra cosa.
Recordó que el día de paga se acercaba y respiró hondo. El olor a establo llenó sus pulmones, pero no le molestaba. Ese peculiar olor le recordaba las tardes ya añejas, cuando era un pequeño. En un instante, recordó a un niño sentado afuera de su casa, hundiendo sus dedos en la arena y contando a los perros por la mañana. Era él. Sonrió.

Llegó a su trabajo. Comenzaba, de una vez por todas, el día. Él, junto con 19 hombres construía una casa para una familia de 5 personas. Pensó en eso y le pareció curioso y triste. No siempre le decían para quién estaba construyendo, de hecho, esa vez nadie le dijo, sucedió que un día cualquiera, llegaron los dueños a ver la construcción.
Papá, ¿Aquí va a ser mi cuarto? –preguntó un joven sonriente, el mayor de tres hijos.
Ese día Joaquín estaba trabajando en ese cuarto, que no era más que una sucia estructura.
–Sí. Aquí es tu cuarto. –dijo papá.
–¿Cuánto le falta, eh?  –cuestionó hijo.
–No sé, pregúntale al señor. ¿Cuánto le falta, mi amigo? –dijo papá a Joaquín.
–Uy, qué será, unos seis, siete meses, masomenos. Pero ‘tamos ‘chándole ganas.
–Como debe de ser. –sentenció papá.
Y se fueron a ver los demás cuartos, abrazados, papá e hijo.
Joaquín pensó todo el día en esa escena y le dio gusto. Mientras, tenía que terminar de colar la arena, era lo que más le gustaba hacer en la obra, ver cómo la arena húmeda se deshacía y caía, finita, en la carretilla. Y le gustaba más cuando sus compañeros ponían música, hacía el tiempo más ligero. De un momento a otro, el hambre llegó justo a tiempo para la comida. Jalaron el viejo comal, un par de ladrillos y prendieron el carbón. No hay duda que la harina sabe mejor con las manos llenas de callos. Joaquín y sus 19 compañeros se sentaron callados a comer. El más joven se atrevió a romper el silencio y dijo:
–¿Vieron el juego del Santos?
No hubo más silencio por un buen rato. Comieron hasta saciarse.
El resto del día sucedió sin más. Joaquín lleva casi 10 años con el oficio de albañil. El agotamiento es ya un viejo amigo. Ahora es momento de volver a casa en su oxidada, pero leal bicicleta. Circulaba ya por el  polvoso camino olvidado de los ciclistas, cuando escuchó un claxon detrás de él.
Era papá. El dueño de la casa que estaba construyendo. ”¡Súbete! Te doy un ride.” le gritó desde una camioneta. Joaquín lanzó la bicicleta a la caja y decidió entrar en la cabina.
–Es peligroso andar en este camino en bici, hace una semana atropellaron a alguien aquí. –dijo, mientras señalaba una mancha roja y seca sobre el pavimento.
–Sí señor, era mi compadre. –dijo Joaquín.
“Hay cosas que es mejor mantener en silencio”, pensó El Dueño.
–Lo siento mucho. –masculló, después de un largo silencio.
–Ni modo, son los riesgo que uno corre, uste’ no tiene idea. –Dijo Joaquín, para abrir otro silencio largo.
Habían llegado a su destino. Joaquín dijo gracias y bajó junto con su bicicleta. Pasó a la panadería y compró cinco bolillos. Hoy cenarían lonches. Llegó a su casa y una canción vieja inundaba la calle. Se sintió con suerte. Abrió la puerta y encontró a su hijo en la cocina.
–Qua hambre.
legasteadie idea. –Dijo Joaque el pavimento.ron a alguien. Se hab ase bueno que ya llegaste, papá. Ya tenía hambre.
Le dio un beso a su hijo. A lo lejos seguía escuchándose esa vieja canción. Era la favorita de su compadre.
–Sí hijo, qué bueno que ya llegué.

A Joaquín le solía arrullar el sonido del tráfico nocturno, pero no esta noche.

jueves, 21 de agosto de 2014

Que su alma, descanse en pan

Aquella mañana Manuel después de haber tomado un largo baño, se dirigió al supermercado, como siempre, para comprar la despensa y sobre todo el pan dulce que siempre le encantaba y acostumbraba desayunar. Esta vez al llegar a la panadería, extrañamente el pan, no estaba recién hecho, sin embargo se podía notar que no llevaba mucho tiempo en el mostrador. Cogió sus cinco panes sistemáticos, comprando en mayoría “cuernitos” y se dirigió a pagar.

Al poco tiempo, se dio cuenta que se hacía tarde para llegar al trabajo, así que regreso a casa lo más pronto posible, solo alcanzo a tomar un jugo y a cortar un cuernito a la mitad, antes de partir al trabajo,  se dio prisa en su trayecto, llegó apenas a tiempo y se puso a desarrollar unos proyectos que tenía pendientes. Terminó unas horas antes lo que tenía pendiente y tomó rumbo a su hogar.

Regresando a casa se dirigió hacia la cocina a comerse lo que pensaba alcanzaría a terminarse en la mañana. Sin embargo cuando llego se dio cuenta de que el cuernito junto con el plato y el cuchillo con el que lo había partido ya no estaban. Esto no lo preocupo por el momento a Manuel, ya tendría tiempo para averiguar qué es lo que había pasado. Se dio el último espacio del día para improvisar en su piano, sus manos se movían al compás de sus pensamientos, siempre que él tocaba sentía como las vibraciones llegaban lejos y movían a otras personas, parecía como si él se moviera con el ritmo y se trasladara a otras dimensiones.

Agonizaba la noche y decidió tomar su debido descanso, empezaba a relampaguear y el cielo empezaba a deleitar con sus melodías en forma líquida. Empezaba a sentir ese proceso que se da entre la vigilia y el sueño, cuando de repente comenzó a escuchar algo como  un crujido, un sonido chirriante; como el de algún objeto metálico chocando contra uno de vidrio. Por causas naturales se asomo a la ventana, a pesar de que el sonido solo se oyó un par de veces  y atónito vio algo totalmente inverosímil, su plato estaba ahí, con el pedazo de pan que había cortado a la mitad y el cuchillo, solo que había algo peculiar en aquel cuchillo, estaba escurriendo sangre que parecía llevar poco tiempo en aquel metal.

Manuel  salió y subió a la azotea tomó y regreso el pan a la cocina, lo probó y misteriosamente vio que aquel cuernito tenía un sabor un tanto salado por dentro pero seguía totalmente fresco. Decidido a dormir a pesar de lo que estaba pasando, intento taparse los oídos y los ojos a como diera lugar, sin embargo el sonido volvió a repetirse, exaltado a la vez temeroso repitió su curiosidad de ver por la ventana e increíblemente él plato seguía ahí y decidido a acabar con todo esto, Manuel corrió y subió de nuevo aquella escalera; lentamente sentía la inseguridad de pasar por cada escalón mientras su corazón empezaba a distribuir rápidamente más y más sangre, llego finalmente a la superficie se acerco a aquel lugar y turbiamente  vio que el cuchillo había desaparecido de donde él había visto posarse.


En el suelo encontró que entre el agua estaba corriendo una gran cantidad de sangre, y simultáneamente mientras él veía aquel suceso, comenzaba a escuchar llantos, unos llantos terribles que no parecían ser ni de animal ni de humano, intentaba descubrir de donde venían aquellos sonidos y cuando volvió su mirada al suelo, la sangre que corría por aquella pequeña corriente era mayor, como mayor era el llanto y aun mayor, la herida.

martes, 12 de agosto de 2014

Compañera


Amor, de morir, amor
Tu belleza desesperada, casi buscada
Caminos distintos que se encuentran
En la tibieza cambia a la fría noche

Tu estancia tan indiferente y tan cálida
Mentira de asignatura, mentira de costumbre
Y así sin más, te marchas
Y así sin más, te quedas

Al final el espejo te sigue,
Compartes secretos con la almohada,
Lloras para el jardín, lo riegas con tus lágrimas
Saladas, dulces, tuyas

Morir, de amor, morir
En tus brazos entregar la vida misma
Recordar la fría esperanza
De en tus brazos, amor, desesperada, entregar mi alma.

viernes, 8 de agosto de 2014

Un buen bistec: el arte de destruir tus nudillos.




De todos los deportes, el boxeo es categóricamente el más brutal. Ha permanecido a lo largo de siglos, incluso se cree que los egipcios disfrutaban destruirse con los puños y hasta construyeron guantes para tal fin.Para disminuir al rival, para reducirlo físicamente con tus puños. Causarle moretones, dejarlo tirado en la lona, indefenso. De eso va el boxeo. Y más que el boxeo, de eso van los boxeadores. Son científicos de la sangre muerta.

"Un buen bistec" del escritor estadounidense, Jack London, es la historia de un boxeador, Tom King.
La historia de como un hombre duerme a sus hijos horas antes de que el hambre llene sus cuerpos para que olviden que no han cenado. La historia del aire eterno de belleza de una mujer que acompaña a un boxeador. La historia de la eterna contradicción humana entre la experiencia y la juventud.
¡Cuán dificil es crear una carrera a base de golpes y fracturas de mandíbula! ¡Traer el alimento y la vivienda a costa de escupir sangre y sudor, de resbalar los golpes!
 Nos recuerda que la masa de nuestros músculos, que las venas que recorren nuestro abdomen, nuestro pecho y nuestra espalda tienen un límite. Nos disecciona las limitaciones del ser  humano. Y nos llena de esperanza: nunca faltará aquel que siga empujando a la raza humana. En toda generación estarán ellos, los que pueden partirse la cara y mantenerse de pie. Los que muchos confunden con locos. Los que muchos identifican como genios. Repasa más de una vez la primitiva necesidad del hombre y de su juventud de pasar encima de todo, a toda costa y de cómo, lo que una vez sentimos como una gran victoria, es en realidad el inicio de la inmensa, pero muy necesaria, gran derrota de nuestra vida: quedar en la lona con las venas reventadas. Y no poder más que desear un buen bistec.
Aquí dejo el cuento:

domingo, 3 de agosto de 2014

Madre patria

El perfume, la esencia 
destrucción pasiva, aceptada, sublime
batalla con tregua a muerte.

Juramento solemne
Teatro opacado por la noche
Actores improvisados que no saben
Que se acerca la desesperación.

El frío que consume
El alimento que falta
La venganza que surge en la vida
De aquellos que defendían a muerte, al líder maldito.

Entre recuerdos borrosos


En aquella ventana me proyecto a tu lado  
El olvido, se contrapone a esta nitidez que observo
Arduamente intento verte y sentirte, sin resultado
Esta soledad me deja en unanimidad de siervo.

Al tocar mis labios, duros y agrietados por la edad
Mi mente me corrompe, con tus labios ablandándome
Ablandándome, con tu dulce e imborrable irrealidad
Tu ida involuntaria, entre nubes grises tomé y retomé.

Ahora, entre brotes de sal líquida, vislumbro tus cartas
Recordando años de amor, que consideraba perpetuos
Y que ahora, desde otra realidad, tan solo apartas.